En la tele anunciaban la detención del malechor (y sus cómplices) que atentó contra un científico francés para robarle unos dólares recién salidos de una casa de cambio del aeropuerto, en la única ciudad que tiene nuestro país: el D.F. Ni tardos ni perezosos nuestros gobernantes utilizaron sus más sofisticados radares para dar con los delincuentes y propinarles un castigo ejemplar, no vayan a pensar (en el extranjero) que en México no existe la seguridad pública, o que estamos en guerra, ja, qué ocurrencias! ¿Cuántas veces sufrimos de un asalto con violencia en la Ciudad de México? ¿Cuántas veces somos asaltados por las mismas instituciones de nuestro país? ¿Cuántas veces hacen su agosto con nuestra nómina en los bancos? ¿Cuántos crímenes sangrientos sin resolver existen en México? ¿Cuántas personas mueren por negligencia médica en el IMSS -”no hay cama” o “vuelva dentro de tres meses, a ver si lo operamos”-? Nos lo hubieran dicho antes pero, aunque tarde, ya conocemos la fórmula: al alzar las manos frente al revólver de un hambriento ladrón (o frente a
la cajera de un banco o el recibo del gas o las aportaciones al IMSS) sólo hay que decir que somos franceses. No servirá de mucho pero, por lo menos, el gobierno se verá obligado a construir una buena farsa.

















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