En cuclillas, cabizbajo. Solo, aislado. Te levantas y vagas. No importan nombres, ni apellidos. Son meras calles de Dios. Cuando menos lo piensas, él te toca, te socorre, o por lo menos así lo parece.
Vuelves a los 16, te sientes chamaco. Ruedas, corres, estiras tus ánimos con facilidad increíble, indescifrable. Luego te queda claro: cuando él pavimenta el camino, por más que pretendas, resulta imposible encontrarse perdido. Ahí estás, ahí sigues. Vivo, y otra vez caminando.
Y qué loco resulta extrañar a todos cuando estás entre un chorro. Lo que menos importa es cuántos te rodean. Un chorro no necesariamente implica lo necesario, lo urgente, lo afectuoso. Al decir todos me refiero a ellos, a los que me hacen feliz, a los que añoro, a los que embarran, a los que visten el último día del año con risotadas y bromas refriteadas. A los que hacen bulla, a los que cantan conmigo, a los que me arremedan, a los que crecieron junto a mi. Para ellos, 5 minutos de ausencia son demasiado. No puedes desaparecer.
Enmedio de la fiesta, veinte minutos de soledad -así sea la más pacífica-, representan marejadas de desdén, de desanhelo. De querer, que al querer, se lo lleve el viento.

















Compartir