Prefiero correr a un bar y ver un partido de Rugby que escuchar a una tropa de bomberos tocando sus gaitas. Entiendo la melancolía de mirar la borrasca desde un acantilado, no así acompañarla de un gaitero y los chillidos de su instrumento. Si me topo por la calle con el sonido de una gaita, huyo. Siempre que me invitan a un concierto de gaiteros digo, “no gracias”. Cuando me preguntan sobre el instrumento que menos me gusta, no me complico la vida pensando en selvas o Alpes suizos: la gaita, la gaita, la gaita. No hay más. Desafortunadamente para mi tranquilidad, hace poco se mudó a mi edificio un irlandés que practica todos los días con tan terrible instrumento, desde entonces vivo en un acantilado sin vista al mar.
1 comentario
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Bueno, al menos tienes un gaitero y no un vecino que escucha reggaeton todo el sagrado día (y con las bocinas todas mal ecualizadas o como se diga)… Taparle la gaita al irlandés al “sin querer queriendo” puede ser más fácil que destruirle las bocinas al muchacho…suerte.
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