Lo observé en un spot de tele y casi lloro. Hablaba de un Oaxaca que me conmueve, a pesar de que (o porque) no lo conozco: renovado, gota de miel. Al verlo sonriente, en su oficina de madera, con sus manos al frente y erguido, pensé en el epitafio a Joaquín Pasos:
“Pero
recordadle cuando
tengáis puentes de concreto,
grandes turbinas,
tractores, plateados graneros,
buenos gobiernos”.
Si esa noche me lo encuentro en un callejón oscuro, no le habría temido. Nadie le temería después de ese spot. Un hombre como estos sólo se teme a sí mismo, me dije, en una noche cerrada. Sólo él sabe, y nadie más, quién es el asesino.
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