Hagamos un balance muy rápido de la cascada de contingencias que vivimos hoy los mexicanos. Está la económica; está la de inseguridad; está también la del agua, que afecta casi a 20 millones de habitantes sólo en el valle de México. Está la energética, que todavía no notamos pero que nos estallará en el rostro a finales de esta administración y ya no menguará posiblemente en lo que resta del siglo. Está también la crisis de partidos, una muy evidente de liderazgos en casi todas las actividades públicas; está la de confianza y, claro, la de moda: la de la dichosa influenza A, que nos ha llevado a las portadas de la prensa mundial.
Cada una de las crisis anteriores contienen, además, sus crisis paralelas, relacionadas y subordinadas. No las comentaré todas porque simplemente se necesitaría más espacio que el que permite este modesto artículo. Pero un ejemplo ayudará a dimensionar. La contingencia provocada por la demanda y el abasto de energía —me explico— tiene dentro una crisis de finanzas públicas insanas; otra de manejos políticos de los recursos; una muy severa de corporativismo sindical, de corrupción y manipulación oscura de la hacienda pública. La crisis que involucra a Pemex también refleja la que vive en estos momentos el partido del gobierno, Acción Nacional, que bajo Germán Martínez se ha vuelto el martillo del grupo del presidente de la República, Felipe Calderón, y también se ha consolidado (gracias a las relaciones perversas con los sindicatos) como un nuevo PRI, renovado, corrupto e igual de inmoral que el anterior.
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