Mientras una ciudad se desploma por la violencia, los empresarios piden a un hombre atado de manos que haga algo…
Hijo de un ex presidente municipal, José Reyes Ferriz era realmente un desconocido —incluso para los chihuahuenses— cuando, en 2001, el Congreso local anuló las polémicas elecciones de Ciudad Juárez y lo puso al frente de un Concejo transitorio que administró esa frontera mientras se convocaba a un proceso extraordinario. Nacido en 1961, graduado en Derecho por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ) y con maestría en Notre Dame, fue diputado federal y tuvo algunas carteras estatales dentro de su partido, el PRI. Pero fue hasta que llegó a esa presidencia interina cuando llamó la atención. En el balance general, dicen, no lo hizo mal. Así fue que en 2004 lo nombraron representante del gobernador José Reyes Baeza Terrazas en la ciudad, cargo al que renunció en 2007 para lanzarse por la presidencia municipal. Ganó el 1 de julio de ese mismo año. Pudo imaginar desde entonces, por supuesto, que se ganaba la rifa del tigre. Pero cuál minino: era, en realidad, un Tiranosaurio-Rex.
El inicio de su gestión no fue fácil. Héctor Murguía, el alcalde anterior, dejó enormes deudas sin pagar (según el propio Reyes y los proveedores) por un excedido plan de obra pública que no consideró el pequeño factor de los centavos. Además, el ex director operativo de Seguridad Pública de Murguía, Saulo Reyes Gamboa, cayó preso en Estados Unidos por tráfico de drogas poco después de entregar la oficina. El peso de estos y otros problemas complicaron el arranque de la administración. Pero hasta allí todo sorteable. Nada que no se pudiera resolver. Y empezaron los asesinatos. Y los secuestros. Y las extorsiones, la quema de negocios, la crisis maquiladora… y el cierre de fuentes de empleo. Todo en cascada.
La violencia en Juárez ha generado un fenómeno extraordinario: en plena crisis estadounidense, El Paso, Texas, vive un boom inmobiliario; miles buscan casa “del otro lado”. El Paso y Juárez están sólo divididos por puentes, así que los paseños no se dan abasto para atender, en sus tiendas y restaurantes, a los miles de juarenses que brincan con sus familias para ir al cine, para cenar algo, o de plano para vivir.
Juárez, famosa por su vida nocturna, se queda en silencio en cuanto cae el sol. Se ha vuelto una tumba. Sólo los balazos rompen su cielo estrellado. Y mientras, El Paso florece.
Hace días, un grupo de empresarios pidió a Reyes Ferriz que “diera la cara”. El alcalde se ha negado a reconocer que hay una crisis, mientras los comerciantes le espetan: ¿qué no lee la prensa? También le recuerdan, por medio de desplegados, que dejó de ser un habitante de la ciudad que administra. Lo acusan de vivir en El Paso con sus hijos y esposa. Los blogs y sitios de internet publican las fotos de su casa texana, el número catastral, sus pagos de impuestos.
Sí, Reyes Ferríz se sacó la rifa del T-Rex. Su Parque Jurásico ha colapsado y nadie apuesta a que la ayuda que supuestamente llegó a esa isla (desértica) desde el centro del país sea suficiente para detener lo que parece inevitable: la muerte (por ahora moral) de una ciudad que un día fue hogar de valientes, cuna de la Revolución.


¿Qué puedo hacer?