Sobre el desdén del tiempo

Alejandro Páez Varela

Periodista. Subdirector editorial de El Universal. Subdirector de El Despertador, empresa que edita Día Siete y Energía Hoy; cofundador de Unafuente.com y de la consultora de medios Versalitas SC. Ha escrito en Newsweek en Español y en revistas mexicanas como Letras Libres o Playboy. Publicó Paracaídas que no abre (Almadía, 2008); ha participado en los libros Los Amos de México (Planeta, 2007); Los Suspirantes (Planeta, 2005), Camas Separadas (Cal y Arena, 2005) y Los Intocables (Planeta, 2008). Su primera novela es Corazón de Kaláshnikov (Planeta, 2009); su último libro es La Guerra por Juárez (Planeta, 2009). Puede encontrar su trabajo periodístico y de autor en www.alejandropaez.net

Sondeo semanal

El iPad sale a la venta en abril. ¿Usted desea comprar uno?

Resultados

Loading ... Loading ...

Publicidad

–A Lupe, a Don Aure

Y eso que no has llegado a mi edad, dijo. “A mi edad, los años se van más rápido”. Intenté decirle que era porque pensaba demasiado en eso. Me di cuenta de que no había gran distancia entre los dos y tomé la decisión de esperar unos años. Ahora vivo en la carne lo que me dijo aquella vez. Todavía no lo alcanzo, pero ya lo vivo. Y sí: entre más viejos somos, más rápido se van los días. Y sí: pienso más en eso. La diferencia entre ser joven y maduro se puede medir por las veces que piensas en un día en que ya te alcanzaron los años.

Imaginemos que nunca me advirtió que mientras más años tienes, más rápido palpita el tiempo. ¿Se me irían más lentos los años? ¿Pensaría menos en eso? Creo que no: le estoy entregando un poder a mi apóstol del tiempo que en realidad no tiene. (Bajo esta premisa, tampoco es apóstol del tiempo, como lo he llamado). Presiento que me habría enterado de todas maneras. Esto le concierne al tiempo: entre más años tienes, te trata con mayor desdén. Otra manera de saber qué tan maduro o joven eres, es midiendo con cuánto desdén te trata el tiempo.

Y eso que no has llegado a mi edad, dijo. Pero, ¿y si agrega: “A mi edad, los años se van más lentos”? ¿Le habría creído? Quizás sí, pero difícilmente lo habría aceptado como una regla universal. Hoy tuve tiempo de lavar platos, tender mi cama (tender, ¿por qué decimos tender?), cortarme las uñas, arreglar algunos libros, escribir unos párrafos y leer unas páginas, ir al cine y volver para prepararme la cena y ver dos capítulos de una serie de tele. El tiempo fue amable conmigo: sentí que hice mucho, cuando en realidad me dediqué a domesticidades. Un amigo suele decir que los viejos manejan despacio porque no tienen prisa; en realidad sí la tienen, pero creen que si van despacio harán que el tiempo vaya a ese mismo ritmo; o están más ciegos, tienen menos reflejos y se sienten más inseguros. Si quieres saber la diferencia entre ser joven y viejo no basta con un día para medir el paso del tiempo: hay que juntar varios. Si haces este último ejercicio, resígnate, porque no importa tu edad: ya eres viejo.

Mi madre y mi padre me llaman cada vez que pueden. Yo hago lo mismo. Cada vez podemos más. Si tengo tiempo y dinero, tomo un avión y voy a verlos. Podemos más que hace unos años; qué va: más que hace unos meses. Tenemos prisa por vernos. El tiempo que pasamos juntos, sabemos, vale oro molido. Procuro abrazarlos, besarlos, dormir con ellos. Procuro inyectarles de mi propia sangre, de mi propia vida. Allí, frente a los dos, él conectado al oxígeno y ella a la estufa, le pido al tiempo lo que no hará: que se detenga. No hay manera de influir en su desdén; el tiempo no entiende razones. Cuando estoy junto a mis viejos no puedo decir quién es joven o quién es viejo: somos una misma carne, un mismo nudo en la garganta, una misma carcajada, una misma idea del mundo.

Cuando mi padre regresa al hospital, me le hinco al tiempo. Sé que estoy frente a un dios equivocado. Le pido que se vaya despacio, que tenga misericordia. Su respuesta me parece conocida: “A mi edad, los años se van más rápido”. (El tiempo es viejo y lleva prisa). Me desconsuelo, me tiro a llorar como chamaco cagón y me da sueño. Despierto con el corazón frágil como de veinteañero; tomo el teléfono de un manotazo y luego me tranquilizo: todo está bien allá, me digo. Los viejos están bien.

Otra burla, otro desdén del tiempo: las malas noticias son las únicas que pueden administrar su propio ritmo y destino: siempre te llegarán con gran prisa. Y aquí no importa si eres joven o eres viejo. Aquí no importa qué tan preparado te sientas. Las malas noticias llegarán, cuando lleguen, como un rayo y con exactitud de reloj suizo.

Frente a lo inevitable, no hay diferencia entre ser joven o ser viejo: yo me acurruco en una esquina de la cama como un niño y leo en voz alta para no pensar.


3 comentarios

  1. Iliana agrega este comentario | Permalink

    Emotivo dardo Alejandro,gracias por compartir tus emociones y llevarnos a la reflexión del amor y el tiempo, en particular hacia nuestros padres.
    Quizás en lugar de reparar en la rapidez con que pasa el tiempo, valdría la pena enfocarnos en las acciones que realizamos y que hacen que ese tiempo valga la pena,como en tu caso tomar ese avión para ver a tus padres, escribir un artículo y compartirlo con otros, recordarnos que no somos inmortales y estar agradecidos por las posibilidades que tenemos en la vida para hacer, no hacer y deshacer.

    Te deseo lo mejor al lado de tu familia este año y los que falten.

    Iliana

    ResponderResponder
  2. Jaime Estrada agrega este comentario | Permalink

    Celebro de verdad el retorno de tus comentarios en este espacio de diasiete.com, me parecen muy lúcidos, sinceros e inteligentes.
    Tienes una gran facilidad para transmitir ideas, seguramente que en este 2010 tendremos a un gran interprete de la realidad nacional.

    ResponderResponder
  3. Amparo Trejo agrega este comentario | Permalink

    Gracias……Abrazos.

    ResponderResponder

DEJA UN COMENTARIO

Tu correo no lo publicaremos. * Campos requeridos

*
*