Cuesta trabajo aceptar que el hombre presentado por las autoridades como Vicente Carrillo Leyva sea el tan buscado narcotraficante. Con esos lentes estilizados y la ropa para hacer ejercicio Abercrombie & Fitch, cualquiera que se lo tope en la calle pensaría que el chico es abogado de una firma de cigarros, cirujano plástico de señoras de sociedad o vendedor de Hummers. Nada qué ver con la imagen que proyectaba su mismo padre, Amado; o Pablo Acosta, Rafael Caro Quintero, Joaquín Guzmán Loera, los hermanos Arellano Félix o Vicente, su tío. Con dificultad se le puede asociar a un corrido, a la estridente tambora, a una AK-47. Es más: así como apareció, con su aire casual, nadie pensaría que este individuo ha tomado un arma alguna vez o se ha visto rodeado de sicarios. Y puede que sea cierto.
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