La muerte de mi abuela puede haberme sentenciado en la familia, fui el único nieto que no fue a la iglesia a ver cómo depositaban sus cenizas en un nicho. Un nicho que compró hace décadas, cuando la muerte era un acontecimiento cierto y a la vez lejano. La lejanÃa le quita contundencia a toda certeza, —por eso tampoco se puede amar de lejos—. Huà porque el velorio fue insoportable, cargar a mi abuelo hasta el ataúd y oÃr su grito desesperado aún me pesa: «¡eres la mujer de mi vida, Dios mÃo, qué voy a hacer ahora, cómo te quise, me quiero meter en el ataúd contigo!». Lo sostuve al tiempo que lloré en su hombro. La expresión de mi abuela era espeluznante ahà tendida. Cuánto rigor en una cara que fue tan dulce y cariñosa: ¡qué pesados sus párpados! último telón que ya no me dejó ver sus ojos. El cariño puede ser azul. Después nos cierran la mirada y ya nadie ve. Pienso en sus últimos tiempos, sentada en una silla raÃda sin poder moverse. Intentando poner atención con su oÃdo ensordecido a lo que decÃamos sus nietos: nimiedades. DolÃa verla desvencijarse y padecer. «Ya me quiero morir», pedÃa tregua. Pero sólo una tregua, carajo, no esta paz imperceptible y perpetua. Tiene razón Philip Roth: «la vejez no es una batalla; la vejez es una masacre». Y el dolor no nos absuelve.
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HÃjole, pero qué palabras tan fuertes y ciertas. Es muy cierto, el cariño puede ser azul. Y la muerte, al igual que la vejez, no da tregua. Creà ver trozos de tus letras en mi padre…
Saludos
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