Cada año ponen en mi casa el altar de muertos y, aunque debo reconocer que yo participo más bien poco en tan recreativa actividad, no puedo pasar frente a él sin quedarme a observarlo un buen rato.
En años malos como este, fotografías nuevas se han sumado a las de siempre y se dejan ver a media luz con el dejo siniestro de las veladoras encendidas; yo las miro rodeadas de cempazúchitl y calaveritas de azúcar mientras me pregunto qué me gustaría que pusieran en esa mesa cuando yo pase a engrosar las filas del álbum familiar post mortem.
Si como piensan algunos, morirse no es otra cosa que una eternidad sin mole, cigarros y tequila reposado, supongo que cada hueso de mi de cuerpo esperará ansioso el 31 de octubre para darle, literalmente, gusto al esqueleto; y, como para cuando eso ocurra habré superado por fin el miedo a la muerte por coma etílico o por una cruda de esas que estoy seguro que un día de estos me van a matar, no tendré reparos para enfiestarme a gusto con mis ancestros.
Le doy otra repasada al altar y creo que contiene lo básico para sobrevivir la muerte cada año ¿Me llevaré bien con mi bisabuelo militar? ¿Y con el alemán? Nada que no se arregle al calor de los mezcales y un paquete de delicados, espero.
1 comentario
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No te preocupes totó por si las dudas yo te voy a poner el gatorade y las aspirinas al lado del tequila, qué tal que la cruda te persigue al inframundo???
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