Gracias o a desgracias del éxito de Facebook, algunas redes sociales con menos suceso, han comenzado a mandar esos temibles mensajes masivos que indican que algún amigo o conocido quiere darte un mensaje. No hay otra manera de abrirlo más que la de asociarte a la nueva red. Así las cosas, mientras jóvenes y nerds ambiciosos, con ganas legítimas de convertirse en millonarios a edad temprana, andan a la caza en Internet de tu año de nacimiento, tus señas particulares y de conocer tus intereses generales o gustos frecuentes, tú haces malabares para pagar la cuenta del servidor al que estás asociado. Como mucha gente, muchísima (se dice que hay 120 millones de usuarios en todo el mundo), sucumbí a la tentación del juguetito creado por Mark Zuckerberg. No me arrepiento, aunque el Facebook tampoco me haya otorgado el secreto de la vida como aseguran algunos. De hecho, gracias al sistema, hallé a personas de mi pasado y con esa circunstancia descubrí cuán presente está el pretérito en mi vida. Sin embargo, puedo vivir todavía sin pertenecer a ningún grupo, por lo que no estaría mal dejar de recibir invitaciones a fiestas a las que no quiero asistir.
1 comentario
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mais oui!
el pasado se actualiza rápidamente cuando uno sucumbe: a tres semanas de mi caída tengo ya 150 “amigos”… pero sigo sin tiempo de verlos y echarme un café con ellos para platicar ¿de eso se trataba?
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