Confesiones

Marlén Carrillo Hernández-Ferman

Saltillo, Coahuila, 1982. Escritora. Licenciada en Derecho por la Universidad Autónoma del Noreste, especializada en Derecho Constitucional y Teoría Estadual-Administrativa. Profesora de Francés acreditada por la Federación de Alianzas Francesas en México, especializada en procesos cognitivos en niños y adolescentes. Promotora Cultural, enfocada a la reivindicación de los valores artístico-culturales mexicanos y su inserción efectiva dentro de la sociedad. Integrante externa del Grupo Cultural Indígena Chahahualtznin, de la Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro. Melómana y en ocasiones inadaptada social. Parte de su obra puede ser vista en: http://reflexionesalvacio.blogspot.com/ http://fusioneterea.spaces.live.com/ http://velvetineskaleidoletters.blogspot.com/

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Confieso, Padre, que he pecado. Desde hace ya más de once meses… Pero antes de que me ponga tamaña penitencia, oiga Usted las razones que orilláronme a pecar: Ha de saber, Padre, que padezco insomnio. Desde hace mucho tiempo ya. Que me leo la compu al derecho y al revés, igual que los libros. Que cuento mexicanos (se me acabaron las ovejas, Padre) para conciliar el sueño. Que invento textos raros y luego los posteo en mi blog. Que me pongo música tranquila y hago respiraciones de yoga para calmar a la bestia que llevo dentro (unos la escondemos, Padre, otros la dejan libre y tan campantes por ello). Y que cuando por fin logro encaramarme en los brazos del más feo (Morfeo ya no quiso dormir conmigo, dice que pataleo mientras duermo), a eso de las tres de la mañana, una jauría se agarra a ladrarle al tren que pasa cerquita de mi casa. Los desgraciados me despiertan con sus alaridos. Al principio yo pensaba que su dueña les hacía manita de cochino. Pero no. Son unos infames ultra mimados que agarraron la maña de “rendirle tributo al tren”, como dice mi madre, cada vez que éste pasa. ¿Que cuál es el pecado, Padre? Que para conciliar el sueño me he hecho de tremenda terapia catártica. Me los imagino a todos convertidos en guantes pachoncitos o en pantuflas o en una pequeña y lisita maleta, Padre. Imagino que los agarro uno por uno (son cinco en total) y les doy de vueltas de la cola. Que luego alguien se los lleva, y dentro de dos semanas regresan empaquetados para su uso, previamente esterilizados. Y me agarra un sentimiento de culpa, Padre… porque soy incapaz en la vida real de hacerles daño a los animales. Pero es que estos son unos animales muy animales. Ya nadie los quiere por la cuadra, Padre. Se les abalanzan a conocidos y desconocidos, a polis, vendedores y niños. Los vecinos dicen que un día a lo mejor y no amanecen. Y como Usted nos enseñó que los milagros existen, a mi me ha entrado harto miedo en estos últimos días de que mi deseo-catarsis se vuelva realidad. No iría al cielo por canicidio, aunque yo les dijera que no existe. Tampoco me condenaría por tentativa de ello, aunque la tentación siempre es agravante… ‘Hora sí, Padre, mándeme rezar veinte mil aves marías, pero en la nochecita, a eso de las tres de la mañana. En un descuido y eso libere a mi alma condenada y el Tafil ya no se vuelva una odiosa opción (me pone toda mareada, Padre) para poder dormir como Dios manda.

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3 comentarios

  1. camaleon agrega este comentario | Permalink

    ta muy rebuscado tú minitexto, digamos que ta muy comprimido. Esto es, ‘ta re gacho.

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  2. Laura Coatl agrega este comentario | Permalink

    Mejor que las tafil son las rivotril, nisiquiera necesitas una entera, estimada, con un cuartito y te levantas descansada, a tiempo y, sobre todo, de bueno humor. Bueno, eso dicen. Fíjate, nunca pensé que fueras católica.

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  3. jaime estrada agrega este comentario | Permalink

    Ojalá pronto recuperes la capacidad de dormir de manera natural y plácidamente entres al mundo de los sueños recuerda lo que dijó el poeta “No, no es verdad que venimos a vivir…solo venimos a soñar”.
    La noche es ideal para que el cuerpo y el espíritu descansen de una larga jornada de trabajo y también para otras actividades placenteras que permiten conciliar mejor el sueño y pensar que la vida puede ser mejor a pesar de canes latosos y el estremecimiento de la tierra por el paso del tren.

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