Supe que estaba embarazada no porque me lo indicó la línea rosada del dispositivo de la farmacia, eso tan sólo confirmó el hecho, lo intuí cuando me desperté con un antojo desesperado de brownies. Tenía que desayunar brownies, y tan imperante fue mi deseo que salí a comprar los ingredientes necesarios, mezclé mantequilla, chocolate y harina, y hasta que no me comí casi la mitad del recipiente acompañado con un vaso de leche fría, le hablé a mi esposo y le dije: estoy embarazada. Ya después me sentí preparada para enfrentar el día, ir a la farmacia, etc. Antes de ese día histórico y transformador yo raramente cocinaba algún postre, podía pasar la mañana entera tomando sólo café (sin azúcar, ni leche), pero desde entonces no he dejado de hacer postres y sobre todo galletas.
Ahora, mis hijas me acompañan midiendo los ingredientes, mezclando la harina, batiendo, y sus manitas son perfectas para hacer bolitas chiquitas o colocar piñones. Hacemos mugrero pero vale la pena. Aprenden a calcular volúmenes, a medir, a romper huevos y a participar en la mágica transformación de la cocina. Yo me entretengo y ellas se divierten.
El fin de semana estábamos una vez más haciendo galletas. Por el día de San Valentín mi hija iba a tener una pequeña fiesta en casa, y las hacíamos en forma de corazón cubiertas de azúcar glaceada. Una amiga mía vende galletas así y las hace perfectas: con la forma exacta, el betún brillante que cubre toda la galleta y las termina con detalles puestos de forma impecable, si les tomara una foto, podían salir en alguna revista.
Ayer, yo tenía ganas de hacer galletas perfectas y entré a la cocina determinada en lograrlo. Si mis hijas “arruinaban” el corazón haciendo que una oreja fuera más grande que la otra, los destruía de inmediato incorporándolo a la masa y volviéndolo a aplanar con el rodillo para cortar los moldes perfectos. Me di cuenta que las estaba estresando exigiendo los corazones cómo de fábrica, pero por una vez quería unas galletas que parecieran profesionales. Seis años de hacer galletas, ya era hora de hacer unas dignas de revista. Desde que salieron del horno mis planes empezaron a evaporarse, unas estaban más quemadas que otras, eso ya no tenía remedio al menos que descartara casi la mitad. Al poner el betún no lograba hacerlo todo parejo como las de mi amiga, me quedaban esquinas sin cubrir y grumos, o le poníamos tanto que terminaba sobre la mesa. Mi humor comenzó a tener sabor de leche podrida. Mis hijas, alertas, querían salir de la cocina, una actividad que normalmente era agradable se estaba volviendo infernal. Su madre estaba transformada en ogro (y no lindo como Shrek) y ni así salían perfectas. Me costó trabajo, pero decidí alivianarme, saqué cochitos, azúcar naranja y morada (que tenía de Halloween y no había querido usar, hasta no comprar la perfecta que iba a ser rosa y roja), mis hijas hicieron sus galletas como les dio la gana –se sentían orgullosas de sus creaciones, ¡nada perfectas!
Mis amigas verían galletas que no había duda fueron hechas en casa y por niñas de cinco años, con un exceso de chochos que las volvía casi incomibles. Pero ni modo.
Al final, no tenía galletas perfectas, pero mis hijas se habían divertido y se sentían orgullosas.
Pensé, quizás porque sigo triste por lo de Juárez, o porque estoy fuera y siempre tengo nostalgia de México, que mi aprendizaje de las galletas tenía parecidos con nuestra democracia. A veces nos dan ganas de hacer cosas grandiosas como “declarar la guerra al narco” o “reforestar todo el país plantando un millón de millones de árboles” y a lo mejor, si empezáramos entendiendo nuestras limitaciones, y nos pusiéramos objetivos más modestos: mantener las playas limpias, tratar de que los niños vayan al colegio, generar empleos –para que la gente no tenga que trabajar con el narco-, legalizar actividades irregulares para que la gente pueda vivir con dignidad. Quizás en vez de tener el segundo hombre más rico del mundo y dos o tres empresas que compiten internacionalmente pudiéramos tener un mercado interno con la debida competencia para que se beneficie el consumidor. Si en vez de hacer un gran debate nacional sobre los derechos de homosexuales defendiéramos a nuestros niños más vulnerables que son aquellos que los papás los dejan sin alimentos, si en lugar de penalizar el aborto se penalizara la bigamia (que técnicamente también es delito y pecado), o el incesto, o el abuso de menores, o las redes de trafico humano, prostitución infantil… no sé son ideas, a veces si comenzamos con lo pequeño, con metas más modestas, se puede lograr mucho más.
1 comentario
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Pues si, sonará trillado, pero es verdad. Cuestión de evitar caer en las mordidas, ceder el asiento en el colectivo, no tirar basura en las calles.. Parecerá el discurso de un niño de primaria, pero si todos lo hiciéramos… Quizá mejore. Nada se pierde con intentarlo.
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