En estos días se realiza en la Ciudad de México la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil. Montones de expositores, libros y audiolibros destinados a un público muy selecto, considerado el más difícil de todos en la industria editorial: los niños, los púberes y los adolescentes.
La constante no cambia: a pesar de la gran oferta de textos en varios formatos dirigidos a este sector, las empresas dedicadas a la publicación de libros insisten en que a los chicos no leen, porque simplemente no les gusta leer.
Yo me atrevería a decir que sí leen. El problema es que no leen como nosotros los adultos. La postmodernidad trajo consigo la involución del ser humano y de homo sapiens hemos pasado al homo videns. Los jóvenes de la generación actual lo demuestran: ávidos por las imágenes que les arroja el internet, la velocidad de éste medio incentiva su voracidad y su capacidad de comprensión, al grado tal que cada vez es más difícil captar su atención por tiempos medianamente prolongados. En pocas palabras, los niños y jóvenes leen la realidad de una manera completamente distinta a como la vemos nosotros. Ellos entienden la palabra “leer” como un acto de captación, fragmentación, análisis y comprensión de toda imagen puesta ante sus ojos, sus oídos, su olfato, su tacto y su gusto.
Una muestra de ello es que en la actualidad los jóvenes adquieren cómics, mangas y revistas del corazón de corte juvenil como parte de una conducta de identificación grupal. Lo cual quiere decir que sí leen. Que no lean lo que podría serles más constructivo –según nuestra manera de pensar, claro–, es ya otro asunto.
De esta manera, los grandes libros (hablando de sus dimensiones, no de su contenido) son para ellos ladrillos, grilletes que los mantendría horriblemente quietos por más de una hora. Ello, aunado a la inexistencia de una imagen virtual en movimiento –recordemos que para ellos la imaginación está vinculada estrechamente con la cibernética y la televisión–, hace tremendamente aburrida lo que para nosotros era una lectura vívida, llena de matices.
Entonces, me atrevería a decir que quizá esta falacia se ha dispersado entre la gente debido a que ninguno de nosotros, los “grandes” nos hemos puesto a la tarea de inculcarles el valor de una lectura “a la antigüita” u “old fashion”. Ni los maestros ni los padres de familia ni las casas editoriales ni los programas de fomento a la lectura se han puesto realmente a observar los patrones de interacción que ocurren entre el chico y un libro normal, y entre el chico y la realidad entera.
Sería bueno, por lo tanto, comenzar por establecer una verdadera comunicación entre ambos puntos. Para ello se necesita, ante todo, una gran dosis de tolerancia para comprender lo que estas generaciones desean, y no olvidar, sobre todo, que el respeto entre ambas partes es primordial para evitar fricciones o ruptura de diálogos que quizá nos puedan hacer entender, finalmente, a los chicos gadget y a los adultos.


















Compartir