Demagogia natural, negligencia permanente

José Guaderrama

De Ciudad Juárez, Chihuahua. Periodista. Reportero en El Fronterizo, Norte, El Diario, periódicos de Juaritos todos. A partir de 1996, huésped de los defeños, y editor de internacionales y política en El Economista. Del 2003 y hasta fines del 2008, en labores de comunicación en San Lázaro y en el Senado. Colaborador de Día Siete y actualmente coeditor de la sección México, en El Universal

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La naturaleza demagógica de nuestros políticos y su negligencia permanente -aderezada con altas dosis de ignorancia-, resultan más que evidentes.
Así lo demuestra el reciente debate sobre la eliminación del Impuesto Sobre Tenencia o Uso de Vehículos.
En busca de satisfacer su interés electoral, “escupen” la propuesta de eliminar la tenencia pero ya. No ha pasado mucho tiempo cuando se les presenta otro problemilla: cómo compensar los aproximadamente 20 mil millones que se dejarían de ingresar de concretarse la derogación del impuesto.
Su demagogia no es nueva, y la promesa de eliminar la tenencia tampoco, cada proceso electoral federal sale a relucir con diferente color y envoltura, pero nunca la concretan.
Una reforma del 2007 aprobada de último momento, programaba la desaparición del gravamen federal en el año 2011, y dejaba abierta la puerta para que los Estados establecieran su cobro localmente.
Como se sabe, los Gobernadores -de todos los partidos- no quieren cobrar impuestos directamente por lo impopular que resulta, pero tampoco quieren dejar de percibir los beneficios de la recaudación federal.
Dicen que “el prometer no empobrece”, y quizás tenga algo de cierto.
Es la negligencia permanente de los políticos mexicanos, su carencia de talento y de visión, la que mantiene a México siempre al borde del abismo, y a los ciudadanos con el Jesús en la boca y con la mano en la cartera.


1 comentario

  1. Julio Castro agrega este comentario | Permalink

    Es un doble discurso el de los polìticos, que se mimetiza con el contexto, buscando primordialmente agradar a quienes los escuchan. Y despuès se quejan de que ya nadie les cree.
    El peligro es que surja un caudillo o alguien que se sienta serlo y el pueblo desencantado con la actitud, discurso y hechos de los polìticos, vuelque sus esperanzas de justicia y de una mejor calidad de vida en un proyecto de dictador.

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