Ignacio Padilla ganó tres premios Bellas Artes de Litertura, del total de los convocados por el Conaculta, el INBA y algunos gobiernos estatales. Ganó el Premio de Dramaturgia (aunque no es dramaturgo); ganó el Premio para Crítica de Artes Plásticas (aunque tampoco es crítico de arte); y ganó el Premio Nacional de Obra de Teatro para Niños (¿?) Por cada uno recibirá 100 mil pesos. También fue jurado de un cuarto certamen, el Premio de Narrativa Colima para Obra Publicada.
Apenas el año pasado se había anunciado que Ignacio Padilla fue designado director de la megabiblioteca José Vasconcelos, en el DF, después de que el gobierno panista de Felipe Calderón le entregó parte del manejo de la cultura del país al grupo al que pertenece.
Lo de menos es que un autor gane muchos premios (de hecho, es mejor que participe con trabajo a que tenga una beca del gobierno aunque no produzca, o haga que produce). El problema son las reglas y la visión centralista y de compadrazgos mediante los cuales se otorgan los galardones públicos. Puede argumentarse que Padilla ya no es director de la Biblioteca José Vasconcelos (por ética no debería participar, tan solo por su calidad de funcionario o de ex funcionario público). Sería todavía peor que se le premie como funcionario público, si acaso sigue cobrando por ese cargo. Por eso mismo debió ser descalificado, pero, ¿para qué?, si las reglas pueden ajustarse al mejor postor.
Es probable que Padilla y quienes decidieron otorgarle los premios hayan incurrido en la probable comisión de faltas sancionadas por la Ley Federal de Responsabilidades de Servidores Públicos y no estaría de más que su caso lo investigue la Secretaría de la Función Pública, o el órgano de Control Interno del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.
No estoy diciendo que la obra de Padilla sea mala. Seguramente sus amigos, o quienes lo premiaron, habrán considerado que sus trabajos redefinirán la historia de la dramaturgia en México y el sentido de la crítica. Su caso, sin embargo, es emblemático de lo que ocurre con los recursos públicos para la cultura en México. ¿Estamos ante el reconocimiento de un gran autor mexicano o ante un codicioso funcionario público, o ex, sin escrúpulos?
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