En 2007 José Luis Santiago Vasconcelos me citó en la PGR. Por razones poco claras el
Procurador General le pidió que revisara mi expediente contra Mario MarÃn y Kamel
Nacif y la consignación por tortura de la Fiscal Pérez Duarte. El Fiscal con quien
en múltiples ocasiones discutà casos de mujeres que albergamos en el refugio que
dirijo en Cancún, me dijo a bocajarro: doña Lydia, ya nos cambiaron el lenguaje del
jurÃdico al polÃtico. Quedé congelada. Intentó explicarme que no estaba en sus
manos, el Procurador no podÃa abrir frentes polÃticos por el momento. Vaya a ver al
Presidente, me dijo, tal vez asà cumpla su promesa de juzgar a MarÃn y a Nacif.
Jamás lo hice, y Calderón no movió un dedo por defender a las vÃctimas de pedófilos.
El sistema no deberÃa funcionar por tráfico de influencias.
De pronto comenzó a hablar de sà mismo. Me dijo que sabÃa lo que se siente vivir
dÃa y noche amenazado de muerte, conocer la crueldad o el odio del enemigo. Estaba
cansado y frustrado, si no fuera por el éxito de algunas de las extradiciones más
importantes, ya se habrÃa dado por vencido. QuerÃa rehacer su vida sentimental y
personal. De no haber muerto, pronto celebrarÃa su matrimonio con una mujer
extraordinaria.
Cuando renunció a PGR, le pregunté al ex Zar antidrogas mexicano cómo vivÃa con este
engendro de sistema de justicia disfuncional. Me aseguró que si no fuera por los
generales de Inteligencia Militar este paÃs ya serÃa propiedad absoluta del Narco. A
él le tocaba lo peor: bregar con el crimen organizado por órdenes presidenciales y
ser tratado como policÃa de segunda por el Secretario de Gobernación y por algunos
legisladores que no entienden el paÃs que se nos viene encima. Entre el hartazgo de
vivir con escoltas, dentro y fuera de su hogar, estaba contento por haber sido
llamado al Consejo de Coordinación para la Implementación del Sistema de Justicia
Penal. El no creÃa en los juicios orales, yo si. Me aseguró que para el crimen
organizado los juicios orales serÃan una payasada y un peligro para los jueces.
Disentimos porque no todo es el Narco, dije. Miles de delitos del fuero común son
juzgados diariamente sin el debido proceso, en ambientes de corrupción, ilegalidad e
injusticia. El imaginaba un paÃs en guerra perenne contra el crimen organizado, no
tenÃa tiempo para pensar en otra cosa. Su visión no era esperanzadora. Estaba
convencido de que sin una transformación del sistema de justicia penal este paÃs no
tendrÃa remedio. Obsesionado con el crimen organizado le urgÃa la construcción de un
estado de derecho. Ya lo habÃa visto todo, no creÃa en casi nada, en casi nadie.
Admiraba el empeño de la sociedad civil, pero no alcanzaba a comprender lo que él
llamaba “ingenua esperanza”. VivÃa sumido en estrés postraumático y su ansiedad le
llevaba a tallar sus pequeñas manos en un puño que masajeaba cuando se angustiaba.
Una sola vez lo vi quebrarse, cuando murió un militar que fue su maestro y le salvó
la vida.
La última vez que hablé con él me dijo que debÃa cuidarme, si algo me pasara serÃa
trágico. Usted también cuÃdese, le dije al despedirme. Si me muero, fuera de mis
seres queridos a nadie le importará mi ausencia, dijo a manera de adiós.
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