En los últimos cuatro años me he mudado cuatro veces. En cada mudanza creí haberme desecho de cosas inútiles, pero no. Esta última me demuestra que soy mala para eso de la talacha y pésima para otra decena de cosas. Todo parecía perfecto hasta que me topé con mi inutilidad ante una fuga de agua en el baño y el terrible hecho de no saber prender el calentador. Casi puedo asegurar que fue mi gesto el que denotó que soy de esas que no cambia una llanta ponchada —porque ni siquiera sabe dónde está la llanta de refacción—, lo que lo hizo imaginar que 300 pesos me parecería una suma razonable. Preferí no dormir la que sería mi primera noche en casa, antes que darle ese gusto. Al día siguiente encontré al indicado. Oírle decir que mi calentador estaba tapado me hizo verdaderamente feliz (no era yo) y me dio el ánimo para, ahora sí, deshacerme de todo lo que no me serviría nunca. Me quedé sólo con lo indispensable para comenzar de nuevo y, por supuesto, con el número de mi nuevo amigo, el plomero.



















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