La carretera hierve y la fila de autos se extiende desde Topilejo hasta la penúltima curva antes de llegar al DF. Quienes caminaron a mirar qué pasa dicen que se volteó un trailer y tiró un caterpilar. Somos cientos quienes esperamos que nos dejen llegar, que Íñigo siga tranquilo, que no pase sed o hambre, que no me gane una extraña angustia racionalmente absurda porque, “objetivamente” –¿Qué DIABLOS es eso?– tampoco pasa nada más que el fastidio de dos y media horas al rayo del sol. En este mediodía alguien protagoniza la vida de otros mil y ni él ni nosotros sabemos nuestros nombres o qué rostro tenemos; como experiencia colectiva es absurdamente impersonal y, creo, eso es lo que espanta.
6 comentarios
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El hecho de que sea algo que no controlo y que no sé qué onda, me provoca una frustación inmensa…
Vaya cosas.
Un saludo!
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tal cual! a mi también me da “control feak”
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Creo que la mayor ventaja de no estar en “la ciudad de la esperanza”, es poder descansar del tráfico, no de la psicosis colectiva porque esa existe en todos lados.
Pero ya me ha tocado, varias veces, regresar de Acapulco en un puente y tratar de desplazar mi esqueleto hasta Satélite, un horror!!
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Artuto:
pero si tenías el esterero con dieciséis bocinas y el subguofer llenando la cajuela!
: )(Satélite es tu único gen trisómico, mano, ni modo)
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No creo que hubieras preferido algo así de personal como “La Autopista del Sur”? =)
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No lo sé, Fernanda… no lo sé ¿qué parte del cuento?
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