Iba yo por la calle, pateando botes camino a mi cantina favorita –El tálamo de Liborio– pensando en la suerte que le espera a mis bolsillos, haciendo cuentas y planes para sortear mi crisis.
Mientras devoraba metros, imaginé a los líderes sindicales del SNTE dirigirse a la novia de Chucky diciendo: ¿Y la Hummer amá? Acto seguido ella sacaba la chequera y ¡ámonos! una trocota a cada uno de esos barbajanes. No importa que para llenar el tanque de uno de esos armatóstes se necesiten unos 900 pesillos.
Mi coraje aumentaba al pensar: cómo es que ante la certeza de que un grupo de empresarios codiciosos especuló con el peso –sangría que se chupó el 10 por ciento de las reservas de las arcas nacionales–, el secretario de Hacienda se limitó a lloriquear diciendo que se les va a investigar . Me imaginé que los carroñeros de las finanzas reían como Demi Moore en “Propuesta indecorosa”, echados en un gran colchón retozando entre pacas de dólares.
Recordé los casos de Esteban Palacios, albañil regio preso por capturar un oso que después murio, y de Raúl Cadena, un mesero juarense que fue detenido por capturar una tortuga que se encontró en la ribera del Río Bravo. En estos casos la Justicia se impartió de forma justa y expedita –lo cuál mitigó un poco mi rabia–, los dos al tambo por depredar nuestra fauna. ¡Ándele cabrones!
Ya en la cantina, frente a mi primer cerveza y tratando de entender a que juegan los exratones verdes ahora ratones blancos –yo entiendo que esto es porque el sueco esta experimentando– mi plática conmigo derivó en la posibilidad de tomar algún tratamiento para mitigar mi neurosis y ocasionales depresiones. Al terminar el partido y ante la certeza de que este país hace agua por todos lados, decidí que no hay paliativo ni chocho que sirvan para afrontar la peor de las situaciones, el vacío.
La verdad es que en este país, en las praderas de las canchas o en los salones de Palacio no hay ni idea, ni figura.

















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