Era el miércoles 8 de julio en las calles de Morelia y en sus alrededores se respiraba una tranquilidad aparente y un calor de verano que amenaza con ser ardiente y sofocante. Todo parecía normal. La ciudad, con su bullicio, su gente, sus restaurantes, sus portales y su belleza colonial no dejan más que sentir tranquilidad. Una ciudad donde dan ganas de quedarse.
Nadie imaginaba que dos días después el zumbido de las balas despertaría a sus habitantes, donde las heridas de aquel 15 de septiembre aún no han desaparecido.
El otro rostro de Michoacán es difícil descubrirlo sino tocas la piel de su gente, la miras a los ojos y recorres con ellos unos instantes los caminos lejanos de su ciudad, mientras miras en ellos tristeza, frustración y la desesperanza frente a un gobierno que hace mucho dejó de estar allí.
En este otro rostro su gente no son delincuentes, son esposas, hijos, padres que en silencio viven sus tragedias de cada día: del esposo, el amigo, el hijo desaparecido o muerto con una justicia que nomás no funciona. Allí donde las conversaciones se vuelven casi susurros para que no las vaya a escuchar “la gente mala” y las miradas se cruzan temerosas y esquivas. Donde lo mejor es que no sepan quién eres, de dónde vienes y a dónde vas. Hablar en esas circunstancias cuesta trabajo porque la palabra pierde aliento.
El temor y la incertidumbre se han apoderado hoy de sus habitantes sin que haya nadie que pueda impedirlo, ni los cinco mil efectivos que hoy han sitiado la ciudad, ni los discursos del gobierno de que ahora si va con todo contra la delincuencia.
Michoacán, el otro Ciudad Juárez, donde miles de efectivos no han logrado parar la violencia en aquella ciudad. Quizá hace falta más que un despliegue mediático de fuerzas federales. Aquí algo está fallando o de plano no funciona.
1 comentario
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Creo que no es necesario ser adivino para darse cuenta de ciertos hechos: desde el primer gobierno perredista, el boom económico del estado no ha sido acorde con el desarrollo industrial y agrícola de la entidad. Los paisanos y el turismo tienen más de tres décadas sosteniendo la precaria situación del campo.
Y me pregunto, ¿de dónde ha llegado y quiénes han permitido el avance de los cárteles en nuestro bello Michoacán?
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