El derecho al silencio

Amparo Trejo

Colaboradora de la revista Día Siete. Trabajó en el equipo de corresponsales en México de la agencia de noticias Associated Press (2000-2002), reportera de asuntos especiales del diario Reforma (1995-2000), corresponsal de El Norte de Monterrey (1992-1993), redactora de publicidad en Televisa (1989-1992). Periodista egresada de la ENEP-Acatlán (julio 1990).

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En favor de la necesidad se venden: naranjas, plantas, productos de limpieza, tamales y el gaaaaaas. Se ofertan: laboratorios, mueblerías, payasos; se compra fierro viejo. En época electoral los candidatos no sólo pintan las paredes y cuelgan miles de papeles por las calles, también contaminan el aire con sus propagandas a decibeles insoportables. La legislación en contra de la contaminación auditiva no existe en el día a día. En casa el llanto de los niños, la intranquilidad de los adultos mayores, el enojo por la falta de silencio. Cada mañana, cada tarde, cada noche el aire mueve los gritos magnificados como un altavoz, nos da de fondo la música de moda del restaurant de al lado. No hay hora límite, no hay respeto a la necesidad de paz en la casa. El silbar de los afiladores, los gritos de los vendedores de frutas, macetas o tierra. Su voz, sólo su voz, acaba con el silencio, el perifoneo sin control, arrasa con un derecho, nuestro derecho al silencio.

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3 comentarios

  1. Lola agrega este comentario | Permalink

    Totalmente de acuerdo ¿cómo es que permiten que las tiendas utilicen equipos de sonido gigantescos en plena banqueta? incluso las iglesias utilizan ese tipo de bocinas en las plazas contaminando todo el tiempo

  2. Patricia agrega este comentario | Permalink

    Vivo desde hace algunos años en un fraccionamiento privado. Tiene muchos beneficios, pero tiene un enorme inconveniente: todo el día hay mucho, demasiado silencio. Mis hijos no conocen el silbato de un afilador, no conocen el canto de un pregonero. ¿Recuerdan la canción de Mocedades sobre el vendedor ambulante? Aquella que decía: “Voy a vender por el aire las alas que no han volado, y los labios que recuerdan la boca que no han besado… Alza cada mañana esa campana de tu canción, pregonero que llevas mil cosas nuevas en tu pregón…” Ahora, cuando duermo en casa de mis padres o mis suegros, con una sonrisa escucho por mi ventana temprano la voz que clama: “Riiiicooos tamaaaales oaxaqueeeeñooooos!!!”

  3. Marlén Carrillo Hdz. agrega este comentario | Permalink

    Dicen que el sonido que prevalece en una ciudad es el reflejo del alma de su gente… En pocas palabras, el caos es lo que impera.
    Y el caos, hasta donde sabemos todos, es ruido sin ton ni son.

    Por otra parte, los vendedores de macetas, tamales (por mi casa pasa uno que trae un altavoz conectado a la cassettera, y se escucha cuando regresa la grabación. Es como oír arañazos de gatos a la una de la tarde) pues tienen que hacer lo suyo, porque la globalización (alias Walmart) no les deja de otra.

    Saludos.

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