Por razones diversas estuve en días pasados en Culiacán, Tijuana y Ciudad Juárez. Fue tristísimo ver ciudadanos miedosos, funcionarios impotentes, empresarios en huída, calles vacías, periodistas con pavor a contar (¡y cómo no!) lo que está sucediendo. Felipe Calderón declaró la guerra al narco, creo, por dos razones: Porque, en efecto, su correligionario Vicente Fox dejó al Estado vulnerado, y porque necesitaba legitimar su mandato. Cuando veo las cifras de muertos (entre ellos, indignante, los civiles) me pregunto si hizo lo correcto. Tanta sangre, ¿valía la pena? ¿No había otra estrategia que llamar a las armas? ¿No era mejor empezar con trabajo de inteligencia policial, atacar los cárteles por medio de la investigación financiera? Porque los muertos son policías, soldados y sicarios. No las cabezas del narco. No los financieros ni los administradores de los cárteles, que son los que mantienen vivas las organizaciones criminales. A ver ahora cómo salimos de esta. Porque, desgraciadamente, por más que entornamos los ojos –estará usted de acuerdo conmigo– no se ve, ni de chiste, la luz al final de este negro túnel.
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¿Qué puedo hacer?