Durante quince años he intentado dialogar sobre la realidad polÃtica y social desde este espacio semanal. Más de cinco mil artÃculos en los que a veces con perplejidad, en otras con angustia y en muchas ocasiones con indignación, busqué ofrecer algún ángulo adicional, un pliegue no atendido de una noticia, una pizca de esperanza en el dobladillo de una infamia.
El hecho de que se publique en 21 diarios y que varias docenas de lectores se tomen la molestia de responder cada domingo, indica que no han sido pocas las personas que han pasado por estas reflexiones a los largo de los años. Pese a los errores cometidos, que tampoco han sido pocos, espero haber sido útil en la difÃcil construcción de un poco más de tolerancia en la llamada conversación pública.
MentirÃa si dijera que escribà esencialmente para los lectores o para los amigos, como suelen decir muchos autores. Con el paso de los años me di cuenta que escribÃa por razones un poco más egoÃstas. Celebraba el arribo de la mañana de cada viernes como otros anhelan su dosis de diván psicoanalÃtico. Reflexionar sobre el tema de la semana acabó convirtiéndose en la única manera de exorcizar una realidad absurda y muchas veces insoportable. Y no es que escribir resolviera algo, pero el simple esfuerzo de intentar explicar una infamia o entender sus orÃgenes y consecuencias, permitÃa de alguna manera acotarla, definirla y etiquetarla.
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