Lo mejor siempre eran los equilibristas. Quien desafiara la gravedad con tal gracia, merecía todo mi respeto. Tenía cinco años y desde la primera vez que me llevaron al circo, esperaba el momento de la siguiente función sólo por ellos, porque había otros condimentos del espectáculo que francamente me deprimían, como los payasos y los trucos con animales. De los primeros me disgustaba su maquillaje cuarteado y la necedad de que la gente aplaudiera y tuviera que reír por un par de muecas y algunas caídas fingidas sobre la pista de aserrín. Pero aún mayor era el descontento de ver a los famélicos tigres en medio de círculos de fuego o a los elefantes obligados a sentarse y a levantar una pata bajo la amenaza de clavarles un pico en los costados. Mi única motivación al contemplar estos actos y no decepcionar a mis padres que se empeñaban en que pasara un buen rato bajo las carpas circenses, era mantener la esperanza de que un día podría presenciar el momento en que el paquidermo levantara sus patas hasta dejarlas caer con fuerza y aplastar a aquel verdugo de traje de pingüino rojo. Sólo así sonreía y mis padres me veían orgullosos sin sospechar siquiera que el motivo de mi verdadera felicidad era imaginar un charquito de sangre humana. Todos estos recuerdos vienen a mi mente con la fotografía de la elefanta atropellada en la carretera México- Tulancingo. Yo creo que no fue un accidente, estoy segura que fue un suicidio.
3 comentarios
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WAU!
(podría argumentar el cometario, pero lo de arriba es más explícito)
Gracias, Berenice!
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Hasta ella se suicido¡¡!!!!!!
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si, los equilibristas y trapecistas se rifan el fisico…
pero ese suicidio se me hace superproyectivo, podrias empezar a ir al psicologo..
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