El 5 y 6 de diciembre fuimos testigos de la caridad antropológica-mexicana que poseemos como legado de nuestras raÃces: el teletón –esa farsa televisiva que intenta desplazar una obligación de carácter público-administrativo para justificar que el Mostro Manipulacerebros pague menos impuestos ante Hacienda valiéndose del corazón de pollo que uno carga a donde quiera que vamos (con su inseparable ignorancia del procedimiento del sistema administrativo mexicano), usando la discapacidad de angelitos que quizá sà se vean beneficiados, pero no tanto por Televisa y sus compinches, sino por los mexicanos que botean y se ponen la camiseta para resolver un problema que no deberÃa ser problema si se distribuyeran y emplearan correctamente los ingresos públicos- cumplió su meta; Lucerito –esa chiquilla malcriada, otrora bocona prepotente- le canta las mañanitas a la Guadalupana y López Dóriga agotó campechanamente alrededor de quince minutos diarios para exponer la hazaña más importante del 2008: el rescate de una pobre ballena que nomás no sabe que las aguas mexicanas tienen el defecto de la corrupción y de los malos hábitos de quienes contaminan el agua.
Ante este tipo de noticias me he puesto a pensar muy seriamente si el paÃs de repente cambió o si fueron invadidos de una brisa decembrina capaz de ocultarnos actos infrahumanos, dignos de quedarse en el silencio soterrado del noticioso…
Mejor ya no veamos noticias.
Textos anteriores de Marlén Carrillo Hernández-Ferman


¿Qué puedo hacer?