No es rojo ni tiene los ojos saltones, no baila ni habla en tercera persona, mucho menos es tierno y didáctico, sin embargo, sus padres decidieron llamarlo Elmo.
No sé si a Dios le habrán parecido ridículos los nombres que le dio Adán a los animales y a las cosas en el paraíso pero, por lo menos, el primer habitante del mundo tuvo el buen gusto de no echarle demasiada imaginación al asunto. Al animal que nadaba lo llamó simplemente pez, no Nemo, y al otro gordo (y de pocas pulgas) le puso únicamente oso, no Yogui, ni Güini de pu, como me cuentan que tiene a mal llamarse un pobre fulano en algún rincón de Chile.
Masiosare, Anivdelarev o Usnavy, podrían disculparse por simple ignorancia o hasta por sentimientos patrióticos un poco disléxicos; pero ponerle Elmo a tu hijo es una broma pesada que el pobre tendrá que llevar a cuestas por el resto de su vida.
Mi amigo Ricardo Vaca no pudo nunca desprenderse del grito de “¡muuuú!” Cada vez que pasaban lista en la secundaria, y qué decir de Mónica Galindo, o de Guillermo Rosas.
Por eso, yo propongo la creación de una ley en la que los hijos, después de determinada edad, puedan rebautizar a sus padres y así vengarse de todo el daño que éstos les hicieron cuando les pareció divertido y exótico llamarlos Michael Pérez o Cindy Martínez. Seguro que así, la familia se ahorra montones de dinero en terapia y además mantiene una bonita costumbre, la de la venganza generacional por los siglos de los siglos, amén.
1 comentario
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Jajajaja pero si es bien divertido conocer gente a si no repites el nombre de cualquiera quince veces ni le dices ay eeeeeeeeeeeeeeeeeeelmo jaja, yo creo que esa gente no tiene problemas de autoestima
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