Esta semana supuestos narcos intensificaron su ofensiva verbal contra el gobierno de Felipe Calderón. Sin rodeos le dicen que la violencia terminará cuando deje de apoyar a una parte de las estructuras existentes. La respuesta hecha por las autoridades es tan obvia como siempre ha sido el discurso desgastado en el que ya nadie cree. Este dÃa leà los foros de algunos diarios digitales de Tamaulipas, Coahuila y Chihuahua. Los lectores (falta que los tilden de sicarios) aceptan sin reparos la versión de los criminales y no la del gobierno. Calderón fue el primero en utilizar el mensaje violento y en perder este duelo de acusaciones. Desde el inicio dijo que habrÃan de morir inocentes y matizó con la indiferencia atroz del ‘ya ni modo’. Eso lo
han resentido quienes habitan regiones imposibles, como Juárez o Culiacán, y aquà como en cualquier lugar en donde se hayan implementado operativos federales, la esperanza se difuminó. Quienes hoy animan la discusión en los foros electrónicos pertenecen a la generación crecida con el mensaje de la impunidad. Son a quienes sus padres les recomendaron jamás acercarse a un policÃa y cuidarse de judiciales. Los que se formaron hallándole el vacÃo a estúpidas frases como ‘investigaremos hasta las últimas consecuencias’. ¿Cómo puede sintonizarse la ’sociedad’ con las instituciones del Estado, como pide el presidente en esa búsqueda del pacto nacional que derroque a los poderes fácticos, o al menos a los señalados por él? Lo que se prepara es una imposición de su verdad. Es lo único que permite adivinar esa retórica demagógica, y es lo que verdaderamente preocupa. Es momento de no olvidar a Foucault cuando referÃa que el brazo del poder siempre habrá de resentirse entre los más vulnerables. No importan los mensajes que desnudan a polÃticos e instituciones cadáveres, sino que eso siga ignorándose por voluntad oficial.


¿Qué puedo hacer?