Retrato: Edgar Álvarez Cruz

Ignacio Alvarado Álvarez

Ejerce como periodista desde 1989. Ha escrito en diarios locales y revistas de circulación nacional. Fue asesor de prensa en la Comisión de Asuntos Fronterizos del Senado de la República y productor asociado para ARD, Televisión Pública Alemana. Ha dirigido talleres y dictado conferencias sobre violencia y crimen en universidades de Estados Unidos, México e Italia. Es colaborador permanente del dominical Día Siete.

Sondeo semanal

El iPad sale a la venta en abril. ¿Usted desea comprar uno?

Resultados

Loading ... Loading ...

Publicidad

El video muestra a un hombre cargado de nostalgia, concediendo respuestas breves a las incesantes preguntas del hermano mayor, que no halló mejor manera de hacerlo hablar ante la cámara. Al medio día del 25 de mayo de 2003, Edgar Álvarez Cruz, entonces de 27 años, se despedía de la familia. Horas más tarde cruzaría la frontera sin documentos, con el propósito de llegar a Denver, en donde aguardaban su esposa -de la que se había separado los meses previos- y uno de sus gemelos que sobrevivió a una malformación congénita en 1994. Era el protagonista de ese pequeño documento, íntimo y privado, cuyo final entre abrazos fundidos y lágrimas estaba lejos de las sombras que tres años y 48 días después, marcarían su retorno en medio de periodistas que buscaban su imagen como la del asesino de 17 mujeres en Ciudad Juárez.
Con Álvarez, las autoridades de Chihuahua prosiguieron la tradición infame de la condena sin juicio, iniciada en octubre de 1993 por el entonces gobernador Francisco Barrio Terrazas. Pero esta vez tenían a un aliado que creyeron infalible.
“Los Estados Unidos están profundamente comprometidos a ayudar a México para encontrar a los asesinos de cientos de mujer en Ciudad Juárez. El arresto de Edgar Álvarez Cruz en Denver es un avance muy importante en la solución de varios de esos horrendos crímenes”, sentenció el entonces embajador Tony Garza, a través un comunicado de prensa que sorprendió a la misma fiscalía local, que no estaba siquiera enterada de la existencia del inculpado.
La detención, a cargo -dice su defensor- de agentes del Departamento de Estado que operaron encubiertos y bajo órdenes precisas del mismo Garza, fue motivada por las declaraciones de un drogadicto retenido desde finales de 2005 en una pequeña prisión del condado de Hudspet, Texas, donde, en una de tantas sesiones cristianas, se confesó culpable de haber participado en el asesinato de varias mujeres. Su jefe, dijo, era su amigo de la infancia, Edgar, y otro conocido del barrio, Alejandro Delgado Valles, alias El Cala.
“No estoy seguro que haya habido alguna prueba para que me tengan aquí en la cárcel”, dijo Álvarez en una entrevista, dos meses después de su captura. Una frase simple y demoledora conforme pasan los meses, los años.
Patricia González, la procuradora estatal e incondicional del ex embajador, no logra sacudirse hasta hoy el aura de inventora de asesinos que le adjudican activistas sociales y ciudadanos comunes, a pesar de que todo este tiempo ha presumido la investigación como la más científica de cuantas se hayan emprendido en México. Las evidencias reunidas, afirma, no dejan duda de la intervención de los tres individuos en el asesinato de las víctimas del Campo Algodonero y del Cerro del Cristo Negro, descampados en los que fueron arrojados 14 cuerpos.
Algunas conclusiones, sin embargo, fallan en algo tan elemental como la fecha. Mayra Juliana Solís, de 17 años, una de las víctimas del Campo Algodonero, desapareció el 26 de junio de 2001. La fiscalía dice haber encontrado parte de su vestimenta en un Renoult rojo que perteneció a Edgar Álvarez Cruz. Pero la defensa demostró que el automóvil fue vendido al menos siete años antes, en 1994, poco después del nacimiento de los gemelos.
En febrero de 2008 Álvarez fue absuelto de ese homicidio. La procuraduría apeló y la sentencia fue revocada. “Fue una decisión política”, dice Abraham Hinojos, el abogado defensor. Algo puede tener de razón: la magistrada que favoreció con su fallo a la procuraduría es una antigua colaboradora de Patricia González, y de hecho fue su primera delegada en Juárez. Se llama Flor Mireya Aguilar Casas. El segundo de los homicidios que se le adjudican a Álvarez, el de Silvia Gabriela Laguna Cruz, asesinada a los 16 años, tampoco prosperó: otro juez lo ha exonerado en diciembre, aunque la apelación verá el mismo camino hacia el escritorio de la magistrada Aguilar Casas.
“Tarde o temprano Edgar saldrá libre, de eso no tengo la menor duda”, dice su defensor. “En la historia de 15 años que llevan estos juicios por los asesinatos de mujeres, jamás se habían dictado dos absoluciones en primera instancia. Pero debemos entender que aquí se juegan intereses de gobierno”.
Edgar Álvarez Cruz permanece encerrado, con asomos de candidez que se le aprecia en el video de junio de 2003. Los meses que siguieron a su partida concluyeron con la separación definitiva de la madre de su hijo. Halló otra pareja y un trabajo estable, al que, dicen los registros, jamás faltó un solo día. Iba a visitar al gemelo cuando fue detenido. Algo de su persona contrasta con la figura de sádico que le atribuyen las investigaciones, porque tanto su ex como su actual compañera, no dudaron en volver para sostener ante el mundo, que él no es el multihomicida de Juárez.


1 comentario

  1. Alex agrega este comentario | Permalink

    Jau Ignacio, aquí Alex desde Barcelona, España. Seguimos con nuestras representaciones del exitoso 2666. Veo que seguis caldeados con el tema. A primeros de abril estaremos representando la obra de Bolaño en Bogotá. Si te apetece….
    Un abrazo.
    AR

    ResponderResponder

DEJA UN COMENTARIO

Tu correo no lo publicaremos. * Campos requeridos

*
*