Mi abuelo me llevaba a veces a desayunar a “Vips”, me compraba un par de cuentos en el puesto de la esquina, y después me dejaba pedir (a las diez y media de la mañana) un panqué y un helado de vainilla. Cuando terminaba el desayuno y las historias de “Archie”, le daba la vuelta al mantel y lo miraba fijamente; él ya sabía que los veinte minutos de paz habían terminado, cerraba su periódico con el crucigrama a medio resolver y me prestaba una pluma.
−¿Qué quieres que te dibuje?−, le preguntaba. −Un delfín− me contestaba invariablemente.
Ayer fui al acuario, había que pagar quinientos pesos y hacer una fila de dos horas para ver a los delfines. Miré a la gente y decidí regresar a mi casa; prefiero quedarme con el recuerdo de los delfines que nunca supe dibujar y que, en oferta especial para mi abuelo, solamente costaban un panqué y dos cuentos.
1 comentario
-
Responder

















Compartir