En medio de un bombardeo de pantallas que emiten sin descanso grotescas situaciones guiadas por los cuerpos y las bocas de señoritas maquilladas y operadas en exceso, de señoritos peinados y escotados en exceso, nos encontramos frente a frente en el restaurante. Estamos rodeados de un miserable grupo de esclavos sometidos por el yugo de la industria del entretenimiento imperante: familias enmudecidas con los ojos clavados en la emisión, parejas absortas en la trama, meseros distraÃdos con la charola en vilo y el rostro vuelto hacia los rayos catódicos. Una colmena de insectos atraÃdos por la luz cambiante en una atmósfera enrarecida por la mansedumbre frente al despotismo. Algunos se dirigen entre ellos comentarios superficiales e intercambian risillas antes de obedecer de nuevo a las pantallas. Nuestra conversación – debilitada por el ambiente hostil que conspira contra su irradiación - no es más que una pobre energÃa que se levanta sobre las cabezas inmóviles, roza el contenido del lugar y cae abatida por la fuerza ensordecedora del culto a la estulticia
Textos anteriores de Carla Faesler


¿Qué puedo hacer?