Estos dos hombres fuera de lo común, cuyo destino está unido por la historia, nunca se vieron cara a cara. Nacieron el mismo año, y su ausencia marcó el fin del Barroco en la música culta. Vieron el inicio de un nuevo día en la vieja Europa –aunque no participaron plenamente de él–, y pautaron el ritmo y la cadencia del periodo conocido como Clásico.
Suponemos que hubo un intento de intercambio epistolar (está documentado que por lo menos uno de ellos sí escribió al otro), pero la separación se impuso.
En la muerte, sin embargo, los unió la mano de una misma persona: John Taylor, un médico sin escrúpulos, Chevalier (Caballero) sin título nobiliario; un oculista que experimentó con los vivos y de quien una ópera anónima ridiculizó sus sueños de grandeza.
El Operador jamás se volvió a tocar después de algunas representaciones en teatros populares, a donde estaban destinadas, por lo regular, las óperas bufas.
Georg Friedrich Händel y Johannes Sebastian Bach fueron y son, hasta hoy, símbolo del talento, la pasión, la entrega y la inteligencia, y la influencia de su música ha perdurado por siglos. La historia, sin embargo, impuso el fango sobre Taylor, mientras sus dos pacientes construyeron, en vida y después de su trágica muerte, los portales a lo divino: protestantes ambos, su aportación musical constituye un pilar en la liturgia cristiana del mundo, católico o no.
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