Me siento en la barra de un bar y cuando ya hay bastantes copas como para entrar en confianza, el vecino me dice, después de un intercambio breve: “Qué meses, ¿no cree? ¿No siente que el mal humor y el desgano nos tiene atrapados?” Otro día una hermanita me acaricia el cabello y me responde: “No, hombre, no eres el único. Así andamos todos”. Me siento a comer y mi amigo de diario no habla. No le pregunto: asumo lo que ya sé. Veo los noticieros, camino por la calle, me subo al taxi, leo el periódico. Algo pasa, pienso, en este país. Los bares y los antros, llenos; cualquier oportunidad es buena para los tragos. Nadie cree en las reformas prometidas. Nadie compra la idea de que el gobierno “ahora sí” es honesto. ¡A quién le importa que ganen o pierdan su guerra!; mejor que Estado y narcos nos dejen en paz y detengan la masacre. Los jodidos son siempre los mismos: 40 millones o más; y los jodidos ganones que lucran con ellos son los de siempre, también: ahora se llaman Marthas Sahagunes, parece.
Contados son los que le exigen a los políticos que hagan su trabajo, pues. El país quedó en manos de los malos, malos: las Elba Esther, los Manlios Fabio, los Romero Deschamps y los Yunques; los curas cochinotes, los Bribiesca y cerdos afines, los inútiles Felipes, los Fox.
Me arropo en el departamento. Me cubro hasta la cara. ¡Ja! Mejor me salgo a caminar.
Hipnotizado, voy directo a la barra del mismo bar y el mismo parroquiano platicador se acerca. Le mando un dardo con los ojos para que se aleje. No quiero hablar. Me tomo varias rondas y de regreso pienso: ¡Cómo será maltratada mi generación por la historia! Por creernos el chiste de la democracia nos quedamos atrapados, esperando, fritos, paralizados.
Ahora sólo nos queda confiar en que un partido de futbol, unos tragos, una noche de entrepiernas o cualquier otra cosa nos saque, aunque sea por un rato, de la atrofia y la vergüenza.
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