En los años 90, Carlos Slim y Roberto Hernández “nos hicieron el favor” de “quitarnos el peso” de Telmex y Banamex. Uf, qué alivio. El primero se volvió el hombre más rico del mundo, y el segundo –uno de los más codiciosos (y exitosos) del planeta; leer “Los Amos de México”– escaló a los lugares privilegiados de la lista Forbes. ¿Se imaginan si no les damos esas empresas destartaladas? Híjole, qué país taaan diferente sería este. Seguro estaríamos hundidos. Ahora toca a Pemex. Cientos de empresarios nacionales (entre ellos los parientes de Juan Camilo Mouriño, el insistente secretario de Gobernación de Calderón que quiere vender la petrolera a como dé lugar) y cientos de extranjeros presionan para que México entregue Pemex, y todo los días hay argumentos, que además son ciertos: que la producción va en picada; que no hay dinero para sacar crudo de aguas profundas; que los gringos se tomarán todo el petróleo fronterizo; que las hilachas. Por eso, dicen, hay que vender. Ja. ¡Dejen de sangrar Pemex! ¡Que el gobierno se ponga a recaudar impuestos y que no dependa del petróleo! Que recorte burocracia, que le quiten dinero a los partidos y a Elba Esther Gordillo, la novia de Chucky. Esa es la solución. No vender. No partir a la sociedad en dos, como lo hicieron en las elecciones presidenciales del 2006. ¿Por qué venden? ¿Por qué no hacen eficiente a la petrolera y ya? No. A vender. A malbaratar. Insisto: si Slim y Hernández se hicieron archimillonarios con una telefónica y un banco (de los que hay miles en el mundo), ¿se imaginan hasta dónde llegará su riqueza si se quedan con tramos de Pemex, empresa global, antes orgullo de los mexicanos? Dios, qué brutos somos, de verdad. Qué pena.
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